:::padre fundador:::
 
 
 
 
 
Rincón del Padre en TIERRA JOVEN
 
Invitamos a todos a acercarse a nuestro padre fundador, a visitarlo a este lugar y a compartir un momento de meditación y encuentro personal con el.
 
 

Un Hombre y una Misión

El P. Kentenich miró con los ojos de Dios nuestra época. Vio en ella una lucha apocalíptica. Para él en este tiempo de cambio histórico se decidiría por siglos el futuro de la humanidad.

Señala con fuerza que tras las grandes convulsiones del tiempo moderno se hace presente un mal radical: nuestra cultura se ha desentendido de Dios, le ha vuelto la espalda, ha huído de la Casa del Padre como en ninguna época histórica anterior. El ateísmo práctico y teórico, de Occidente y de Oriente, es cada día más craso y radical. A esta "apostasía de Dios" sigue la desintegración del hombre y de la sociedad. El hombre y la sociedad se mecanizan y atomizan, pierden su valor y sentido. Lejos "de las fuentes de agua viva" (Is 58, 11) se acelera el proceso de pérdida de la dignidad y de todos lo valores. Esto es lo que explica en su origen más profundo la deshumanización y masificación reinantes de nuestra cultura. Se rompen los lazos vitales, sobre todo los lazos básicos del amor, que posibilitan el desarrollo de la persona y constituyen el tejido social. El hombre se desarraiga y se convierte en esclavo y servidor de la máquina. Desarraigado, deshumanizado y desdivinizado, termina desquiciando todas las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales; crea sistemas colectivos y secularistas basados en una visión del hombre y la sociedad que priorizan el rol de lo económico y material sobre la persona humana y los valores morales (cfr. Laborem Exercens 7 y 13). Por eso nuestro tiempo grita por humanización y fraternidad, por unidad y libertad, por paz y justicia. Es el hijo pródigo que siente nostalgia de la Casa del Padre. ÀCómo retornarlo a ella? ÀCómo hacer que este hombre, embriagado por el ansia de poder, de tener y de gozar, reencuentre el camino hacia el Padre? Esta es la gran tarea que se propone el P. Kentenich. Siente que los signos del tiempo lo urgen a luchar por un hombre nuevo. Este hombre nuevo debe caracterizarse precisamente por su profunda capacidad de vincularse con Dios, con los hombre, con las cosas y con el trabajo. El desarraigo, el mecanicismo y atomización deben ser superados por la capacidad de "arraigarse" o de establecer lazos profundos, libres, permanentes y cargados de afecto, entre persona y persona, entre hombre y Dios. Expresión de esta "nueva civilización del amor" deben ser nuevas estructuras sociales, políticas y económicas, que aseguren y a su vez fomenten la nueva cultura. Ahora bien, la "táctica" que la Divina Providencia señala al P. Kentenich consiste en comenzar desde ya a construir ese nuevo mundo. No se limita, por eso, a diagnosticar o denunciar. Anuncia y construye con "paciencia revolucionaria", sabiendo que las cosas de Dios "nacen de la nada" y se gestan en el silencio. Como auténtico profeta y educador, vuelve su mirada a María. Ve en Ella "la balanza que equilibra al mundo", el camino por el cual nos llega la gracia, el lugar que Cristo elige para "establecer su tienda entre nosotros", la compañera y colaboradora constante en su obra de redención. Está convencida que Ella se mostrará como "la gran vencedora de las herejías de nuestro tiempo".